Cuando comenzamos una relación cualquiera sea su naturaleza es importante analizar el inicio. 

¿Me sumo a algo que funciona? o ¿Inicio algo nuevo?

En el primero de los casos,  me incorporo a algo que está funcionando, con lo cual hay pautas preestablecidas que existen y que estoy aceptando a partir de mi ingreso. 

En el segundo caso, es importante considerar que cada uno viene de un origen distinto y que cuando se inicia algo, puede que no compartamos las formas del otro. El desafío consistirá en no transformar esto en luchas intestinas de quién tiene razón o quién predomina,  sino en construir nuevas formas, en la terceridad que se ha creado. 

Estas pautas pueden aplicarse al inicio de una relación con una persona divorciada con hijos, a mudarme a la casa de alguien para convivir, al comienzo de una convivencia/matrimonio en un nuevo lugar,  al ingreso laboral a una empresa, al incorporarme a una sociedad constituida o a conformar una nueva sociedad. 

En cualquiera de los casos, sea el ingreso algo que funciona o algo nuevo, el transcurrir del tiempo nos permitirá comprobar si las reglas a las que me enfrento  día tras día,  son compatibles con mis valores y mis principios o no, y en éste último caso,   si estoy dispuesto a adaptarme al punto de dejar de lado  cuestiones propias o aprendidas o esta  adaptación implica una renuncia tan importante que torna imposible continuar la relación, desencadenando conflictos que llevan a la ruptura. 

A veces la necesidad de adaptarnos para pertenecer, ser amados y formar parte es tan fuerte, que cambiamos nuestras formas al punto de incorporar como propias cuestiones que al inicio no lo eran. Con el tiempo se pierde identidad sin que nos demos cuenta. De modo imperceptible, gota a gota, desaparece una parte de quién somos. 

Nos transformamos en aquél que el otro necesita. Alguien que no conocemos.

¿Cuáles son los momentos en que puede detectarse esta pérdida de identidad? La jubilación, el despido,  la separación, el divorcio, la muerte de un socio, una enfermedad.

Estas situaciones dejan al descubierto una realidad, nos hemos adaptado tanto que ya no nos conocemos.   

En todos estos casos, el afrontar la ruptura nos pone frente a la necesidad de reconocer la responsabilidad propia que implicó renunciar a nosotros mismos para ser aquel que el otro necesitaba, cualquiera haya sido el motivo. 

A partir de allí, tomar la oportunidad que nos brinda la vida de comenzar la reconstrucción de nuestra persona, probar qué me gusta y que no, averiguar qué quiero para mí y cómo quiero hacerlo. 

Puede que esto nos de miedo, cierto vértigo, porque no conocemos el final. Es el famoso lienzo en blanco de los pintores, es la hoja vacía de los escritores, es la piedra intacta frente al escultor, lo interesante es que no existen modelos para seguir, es probar que funciona y si no, volver a probar hasta encontrar nuestro modo, nuestra forma, es decir a nosotros mismos.

Es darle permiso para explorar al niño que llevamos dentro,  con el cuidado del adulto en que nos convertimos.

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