Estoy escuchando por las mañanas a monjes budistas estoicos y estoy cada vez más maravillada de los resultados que producen respecto a la calma y claridad que transmiten sus enseñanzas.
En particular me detengo en un concepto que me disparó la reflexión:
Desde pequeños nuestra identidad se va llenando de etiquetas. La exigente, el prolijo, la estudiosa, el que resuelve, la fuerte, el abandonado y luego hay que vivir en esa historia, alimentarla, defenderla porque creemos que es inamovible.
No hay un yo que permanezca intacto mientras todo a tu alrededor cambia. Tu yo está en proceso de constante cambio, así cambian tus emociones, tus sentimientos, tu cuerpo, tus creencias.
Y cuando te das cuenta que ya no tenes que defender una imagen, un personaje, una identidad basada en etiquetas, todo cambia.
Aferrarte a esas identificaciones son lo que te daña, porque parece que cada cosa que sucediera fuera la encargada de mostrarte que sostener la situación es imposible.
La creencia en una identidad sólida alimenta apegos, a como debe ser tu vida, a qué lograr para ser valioso, a que posición tenes que mantener para ser amado.
Somos un conjunto de procesos en desarrollo y en movimiento, una corriente de experiencias que tienen lugar cada día que vivimos, de sensaciones y percepciones.
El Yo es una historia que cambia con el tiempo. Esta concepción es una puerta a la libertad.
Dejemos de vivir como una escultura tallada en piedra y permitámos ser como un rio que fluye.
Cuanta claridad, calma, paz y sabiduría pude encontrar en estas enseñanzas. Por eso, decidí compartilas.
Buen inicio de semana!
