Cuando se hace un planteo jurídico en los casos de familia, es importante conocer las limitaciones legales y fácticas, además de tener expectativas reales y posibles, pues de otro modo se pueden escuchar durante el proceso expresiones tales como “no hay justicia” o “nadie reconoce mi derecho” entre otras.

Es imprescindible considerar que además de cuestiones económicas hay vinculares.

Algunos problemas que pueden presentarse son:

1) Erróneo encuadramiento jurídico de la situación fáctica. En esta circunstancia, el proceso se vuelve tedioso, largo y finalizará seguramente con una desestimación de la demanda. Ello, nada tendrá que ver con la falta de justicia sino con el inadecuado planteo formulado. Esto muchas veces ocurre cuando el cliente concurre a ver al abogado con una idea de lo que quiere hacer, en lugar que el abogado evalúe los caminos posibles y formule el encuadramiento. Un buen ejemplo podría ser confundir la indignidad con la exclusión de la vocación hereditaria. Ambas figuras determinan que el heredero pierda sus derechos, pero las circunstancias que deben acreditarse mediante la prueba a producir y el trámite, son absolutamente diferentes.

2) Desconocimiento de la realidad del caso. Si el cliente no es consciente de la situación fáctica, es labor del abogado informarle que lo que pide no es posible, porque existen circunstancias objetivas que no pueden dejarse de lado al analizar judicialmente el planteo. A esto me refiero cuando sostengo que las peticiones tienen que ser razonables y posibles, un padre que no ha construido un vínculo con su hijo y lo ve 1 hora cada mes, no podrá acceder en forma inmediata a llevarlo de vacaciones al momento de pedir la fijación de un régimen de comunicación, puesto que el contexto condiciona la razonabilidad de la petición que deberá ser gradual, pues el niño no lo conoce.

3) Identificación del abogado con el cliente. Muchas veces encontramos abogados que han pasado una situación similar a la que les plantea el cliente y tratan de reparar su propia situación a través del caso. Un mal divorcio del abogado puede llevar a querer conseguir una victoria de su cliente ignorando lo que él pretende. En estos casos, un profesional responsable debe apartarse del caso. Un abogado abrumado deja de ser abogado, y esto impone reconocer las propias limitaciones.

Por eso es importante que el cliente sepa que en cualquier momento puede pedir una segunda opinión, si hay algo que lo incomoda o le produce malestar. Que el abogado se enoje con el cliente no es el camino, la persona tiene derecho a realizar todos los chequeos que le resulten necesarios para su tranquilidad.

¿Alguna vez te pasó? ¿Cómo abogado o cómo cliente?

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