Es maravilloso  leer una buena argumentación jurídica. 

Es como esas películas de Hollywood en donde el abogado hace un alegato memorable apelando al conocimiento de la ley, a las pruebas producidas y revierte el resultado del proceso,  a partir de un análisis novedoso y sorprendente.

¿Quién no tuvo ganas de ser ese abogado?

Como olvidar la película Tiempo de matar (A Time to Kill) cuando el abogado, en su alegato final,  pide al jurado cerrar los ojos e imaginar los hechos que va describiendo (el ataque a una niña negra) y al final dice “ahora imaginen que la niña es blanca”. Esa frase deja en evidencia la discriminación. Absolutamente, impactante.

El buen desempeño de la profesión requiere necesariamente,  capacitación, actualización, elaboración, análisis y pensamiento creativo.  

Si los abogados que se encuentran en un litigio están preparados para el ejercicio de la profesión, las discusiones que se darán en el marco de argumentaciones jurídicas, conociendo que la última interpretación de la ley en el caso, la tendrá el magistrado. 

También están esos escritos cuyo único sustento son golpes bajos, recriminaciones, faltas de respeto, sensacionalismo, efectismo y manipulaciones. Carentes de fundamento jurídico. 

Estos últimos, a mi criterio  demuestran impotencia ante la carencia de herramientas que permitan una buena argumentación y si bien pueden confundir y generar efectos, frente a una buena labor jurídica defensiva, se desvanecen. Es una cuestión de tiempo.   

Todos los operadores que intervienen en el desarrollo de un expediente judicial pueden ayudar a elevar la discusión.

Los abogados,  capacitándose para poder argumentar y ejercer de forma digna la profesión, utilizando la figura del art. 45 del CPCCN, frente a actitudes dilatorias, pretensiones cuya falta de fundamento no pueda ignorarse con una mínima pauta de razonabilidad o aquellas cuyo sustento este basado en hechos ficticios o irreales con el solo fin de demorar el proceso.

Los jueces, leyendo con detenimiento las presentaciones y haciendo uso de las herramientas que otorgan los códigos procesales en cuanto a las potestades disciplinarias, mandando a tachar frases injuriosas o redactadas en términos indecorosos u ofensivos, aplicando multas y haciendo lugar a pretensiones fundadas en temeridad y malicia, cuando las circunstancias lo justifican. 

Dignificar la justicia es un trabajo de todos, y por algún lugar se debe comenzar. 

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